El Sentido
de la Producción Económica
Desde
el punto de vista etimológico, producción parece
referirse a la operación vital de dar lugar a algo. Por
ejemplo, se suele decir que un árbol produce hojas o frutos.
Mientras que una piedra, que carece de vida, es incapaz de producir
nada. En realidad, en el caso de la vida animal y vegetal, sería
más propio hablar de reproducción, ya que todo se
limita a mantener un modelo de vida: el de cada especie. En este
sentido las hojas, y los frutos no son propiamente producto del
árbol, sino más bien del hombre, como luego se explicará.
Hablar de producción en sentido pleno es por tanto propio
de la vida humana: algo surgido de su inteligencia y su libertad.
La actividad del hombre no se limita a la reproducción
biológica, sino a producir una vida que no le viene dada,
y que se ve obligado a diseñar mediante su inteligencia
y su voluntad. Por decirlo de un modo resumido: la producción
humana supone que el agente es dueño de su acción.
Los individuos de las especies animales y vegetales, precisamente
por que no dominan su acción, se comportan siempre del
mismo modo, bajo las mismas circunstancias. Siguen unas pautas
de conducta que no les es posible modificar. Por contraste, el
hombre, en cuanto que tiene dominio de su acción, puede
hacer muchas cosas y de muchas maneras. Es decir, su acción
es intencional y deliberada. No está determinada por las
circunstancias, sino que puede modificar el curso de los procesos
naturales. Por ejemplo, un manzano sólo puede producir
manzanas, pero el hombre a partir de los procesos naturales puede
producir cosas muy diferentes, desde hábitos morales o
intelectuales, hasta los artefactos más insospechados.
La producción supone algún tipo de movimiento propio
hacia una finalidad. En el caso de los tipos de vida más
inferiores, ese movimiento se lleva a cabo de modo automático
y no deliberado, como reacción a estímulos del medio.
Por ejemplo, una semilla puesta en las condiciones apropiadas
germina de acuerdo con un proceso perfectamente previsible, que
la lleva a convertirse en una planta. En los tipos de vida animal
superiores ese movimiento se hace cada vez más complejo
e independiente del entorno. Pero en todos los tipos de vida no
humanos, los principios de acción no son plenamente autónomos.
De un modo u otro están como incrustados en las condiciones
del medio. Sólo en el caso de la vida humana los principios
de acción son libres. Sin salirse físicamente de
su entorno, el hombre lo trasciende y domina. Esto explica por
qué se puede decir que el hombre carece de medio, en el
sentido de que no está condicionado por su entorno, sino
que vive en un mundo, en una elaboración intelectual del
entorno que se distiende en el tiempo y el espacio, llegando a
lo que todavía no es, y a lo que no está presente.
La inteligencia humana explora y descubre posibles modos de acción,
pero es la voluntad la que decide y gobierna. Es precisamente
esta articulación entre inteligencia y voluntad la que
libera al hombre de la tiranía del medio y hace posible
la producción económica. En el caso hipotético
pero imposible de un hombre que tuviese sólo inteligencia,
sin voluntad, podría ser que con ese extraño tipo
de inteligencia pudiese diseñar distritos modos de hacer,
para lo cual necesitaría algún criterio exógeno
de distinción, pero en ningún caso podría
decidirse por un modo de hacer, es decir, iniciar libremente la
acción. Acabaría por morirse, como le ocurría
al famoso asno de Buridán, o actuaría movido por
algo externo al agente, como en efecto sucede con los otros animales.
En ese sentido, los brutos no pueden tener producción económico,
ya que no deciden sobre su acción, sino que son guiados
por factores que están más allá de su control.
Mientras los individuos de cada especie de animal se alimentan
de un mismo modo, los hombres pueden hacerlo de muchas maneras,
como efectivamente ocurre. Puede, por ejemplo, ayunar, o incluso
dejarse morir por inanición. Ciertamente se alimenta a
partir de los procesos de la naturaleza, pero sólo con
el concurso de su inteligencia y voluntad. Puede, por ejemplo
recolectar los frutos de la tierra, o llevar adelante un cultivo
sistemático. Lo cual depende de su intención, de
sus conocimientos, y de las circunstancias en que se encuentra.
Por contraste, un animal, por ejemplo la abeja, elabora miel de
acuerdo con un proceso que no pueden dejar de seguir. Incluso
si hay miel de flor de brezo o de flor de romero, no es por elección
libre de las abejas, sino consecuencia del entorno en que se encuentran.
De tal modo que esa misma variedad de miel sólo la puede
apreciar el hombre, pero no es la abeja.
El hombre al ver más allá de la inmediatez sensible
del entorno, capta la unidad esencial que hay debajo de la diversidad
de todas las cosas. Delante, por ejemplo, de una vaca, el hombre
ve algo más que lo inmediato, como carne, leche, queso,
terneros, cuero, intercambios, dinero, etc., etc. Es decir, puede
llegar a ver algo tan abstracto como la utilidad, o unidad y complementariedad
de los bienes, concepto que hace posible el intercambio y la coordinación
de las distintas actividades humanas, es decir, ve en último
término el concepto de dinero y sociedad.
Hemos dicho que lo propio de los animales es la reproducción,
la repetición incesante de un mismo proceso circular, destinado
a la simple subsistencia, que es la misma en todos los individuos
de la especie. Sin embargo, lo propio de la producción
económica, la que lleva adelante el hombre, es un proceso
abierto y libre, que en principio no está perfectamente
establecido, y permite el crecimiento del agente. Se convierte
en palestra donde el hombre puede generar hábitos buenos
o malos. En otras palabras, el fin de la producción humana
no es sólo la subsistencia de la especie, como sucede a
los otros animales, sino sobre todo un tipo de vida humana, algo
al mismo tiempo personal y social. Cuando el hombre produce el
mundo de los artefactos, de modo inseparable, en el plano de su
interioridad individual, mejora o empeora sus potencias superiores,
y en el plano objetivo de lo colectivo y externo crea condiciones
que potencian o reducen la capacidad de todos. Es por tanto equivocado,
o reduccionista, presentar la producción económica
como un proceso que puede llevarse acabo sin afectar para nada
al desarrollo, positivo o negativo, de las potencias superiores
del hombre. Hablar de producción económica es referirse,
sea de forma implícita, a unos fines más elevados
que los simplemente biológicos o de subsistencia.
La producción económica supone por tanto un mundo
previo de conocimientos, un sentido del hombre. En otras palabras,
una cultura y un lenguaje. En este sentido el lenguaje, junto
a la mano, son el instrumento por excelencia de la producción
económica.
La producción económica no se basa primariamente
en el esfuerzo corporal, como sucede con los animales, sino en
las operaciones de su inteligencia y voluntad que son lo propio
del hombre. La observación de las condiciones morfológicas
del cuerpo humano revela que no está preparado para sobrevivir
con el simple esfuerzo físico, como les ocurre a los otros
animales, no dispone, por ejemplo, ni de fauces, ni de garras,
ni de pezuñas, ni de cuernos, etc., que le adapten de modo
automático a unas funciones biológicas predeterminadas
que resultan imprescindibles para subsistir en su propio medio.
Se trata de un cuerpo <<hominizado>>, carente de especialización,
y que por eso mismo expresa la apertura a la trascendencia propia
de la vida humana. Su garganta y su mano, han sido capacitadas
para el lenguaje, para dar expresión a su inteligencia,
verdadera fuerza sobre la que se apoya la vida humana.
Mediante el lenguaje los hombres pueden compartir el mundo, lo
cual plantea de modo inmediato el problema de la escasez, cuando,
a través de la mano, quiere poseer todas las cosas que
conoce. Pero, la misma causa del conflicto, la apertura del hombre
a todas las cosas, se convierte en la solución. El conocimiento
de la unidad práctica de las cosas, o utilidad común
de todas ellas, hace posible el intercambio y el dinero, que es
un medio de enfrentar el problema de escasez. De tal modo que
el dinero, en cuanto expresión de esa utilidad común
de los bienes, desempeña una función similar al
lenguaje. Ambos vendrían a ser expresión del dominio
común del hombre sobre las cosas.
El mismo hecho de la escasez, fenómeno que sólo
se le plantea al hombre, pone a prueba sus capacidades superiores
para alumbrar las posibles soluciones. Por una parte le lleva
a reconocer la necesidad de la propiedad, de que las cosas tengan
sus dueños, pero a su vez como todas las cosas constituyen
un plexo de relaciones de diferencia y complementariedad, tienen
una utilidad común, lo que hace posible organizar un sistema
ordenado de intercambios. Por ejemplo, la rueda hace referencia
al automóvil, al motor, al volante, a la carretera, a la
gasolina, etc., etc. El hacha hace referencia a la operación
de cortar madera, y remite al árbol, a la leña,
al fuego, etc. Un martillo hace referencia a la operación
de clavar, y por tanto a los clavos, a la madera, al hierro, etc.
Esta relación entre todos los útiles constituye
la esencia del dinero. De tal modo que se puede decir que el dinero
está presente en todo tipo de intercambios, incluso en
aquellos casos en que no hace falta recurrir a su símbolo
material visible. En otras palabras, intercambio y dinero son
posibles porque el hombre mediante su conocimiento construye un
mundo, un plexo ordenado de relaciones entre los hombres a través
de las cosas. Construye en el plano conceptual y simbólico
una unidad que en apariencia no es patente en el plano empírico
de los sensible.
Teniendo en cuenta lo que se ha dicho de que la finalidad última
de la producción económica es el crecimiento de
una vida humana, habría que evitar presentar la propiedad
como algo subordinado a la funcionalidad del intercambio y la
producción. En realidad la cosa exactamente al revés.
El fundamento de la propiedad no es primaria utilitarista, sino
consecuencia del dominio del hombre sobre su propia acción.
En este sentido, la propiedad jurídica, o reconocida socialmente,
se fundamenta en ese otro sentido ontológico y radical
del dominio humano. El hombre no es propietario para que la producción
sea más eficiente, sino que la producción económica
se hace posible en la medida en que el hombre puede ejercer de
propietario en su sentido más fundamental. Siempre son
las potencias superiores las que hacen posible la producción
económica.
Si la producción económica supone lenguaje, propiedad,
e intercambio, esto quiere decir que sólo es posible en
el seno de una comunidad. Mientras la reproducción animal,
el ciclo de subsistencia, se desarrolla en el silencio y cerramiento
del proceso biológico, la producción económica
es por si misma un continuado tejer de relaciones humanas a través,
y con ocasión, de las cosas. Esto nos adelanta una pista
muy clara sobre la naturaleza de la producción económica:
un plexo de relaciones de intercambio y por tanto un reparto de
tareas y funciones. Algo que se va constituyendo con el paso del
tiempo y, que depende de la cultura y circunstancias de cada comunidad.
Por ejemplo, en una comunidad familiar unos se encargan de hacer
las camas, otros de hacer la comida, etc. Y todos se ayudan mutuamente
a vivir una vida lo más humana posible. Pero tampoco, y
a pesar de las apariencias, lo realizan aislados, sino que siempre
hacen referencia a los otros, a una comunidad más amplia,
la aldea, o la ciudad, donde muchas otras familias se coordinan
de diversos modos a la hora de llevar la división de tareas
y organizar los intercambios. Todo ello presidido por el logro
de la vida más humana posible, que se da primariamente
en las familias, donde se desarrollan y viven las personas humanas.
Podemos ahora decir que la producción es una actividad
que conlleva un beneficio para una comunidad, que mantiene o incrementa
los intercambios que constituyen esa comunidad, y que facilita
el establecimiento de una vida humana. Esto implica que la producción
económica es un aspecto de toda actividad humana y la llevan
adelante todas las personas e instituciones que constituyen la
sociedad. Pero hay unas instituciones particulares, las empresas,
que llevan adelante un tipo de actividad productiva, que se regulan
por diferencia entre el flujo de entrada y salida de dinero que
provocan sus compras y ventas de bienes y servicios necesarios
para el mantenimiento de esa actividad. Se trata por tanto de
una forma especial de la producción económica, la
que se regula directamente por la obtención de un excedente
monetario. En último término se regula por su ajuste
a los fines de la comunidad en la que se desarrolla.
Miguel Alfonso Martínez Echevarría
Catedrático de Teoría Económica de la Universidad
de Navarra
Subdirector del Instituto Empresa y Humanismo
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